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¡Hola personas!
Estos tres últimos días hemos estado haciendo trecking por la selva. Ha sido una de las mejores experiencias por las que hemos pasado. Ha sido divertido, emocionante, curioso y hemos aprendido muchísimo.
Empezamos el miércoles día 20. Nos levantamos sobre las 7:00, desayunamos un par de tostadas con mantequilla, dos huevos fritos, jamón dulce, zumo y té y esperamos hasta las 9:00 que es cuando vino a buscarnos nuestro guía. Se hacía llamar Toni ya que su nombre tailandés es más difícil para los turistas. Siempre hacia bromas con su apellido, Toni Peperoni, Macaroni… un tío muy cachondo que aparentaba algo más de veinte años pero tenía treinta. Él mismo decía que se debía a su estilo de vida saludable y deportista (llevaba tres años siendo guía de la ruta de trecking que hicimos y anteriormente practicaba muay thai).
De camino al mercado local para comprar la comida para estos tres días se unieron al grupo un matrimonio francés con sus tres hijos, una pareja de alemanes y una chica francesa que viajaba sola. Tuvimos suerte ya que eran todos muy simpáticos y pasamos buenos momentos hablando.
La primera parada del trecking fue un campamento de elefantes donde tuvimos la suerte de montar un rato en ellos y luego lavarnos en el río cercano. Como ya habíamos tenido una experiencia similar en Jaipur no les teníamos tanto miedo y eso nos dio la oportunidad de poder estar más cerca de ellos. Son unas criaturas muy inteligentes y fuertes (casi tumban un árbol rascándose contra él) que se pasan todo el día comiendo; necesitan unos 200kg de dieta vegetariana al día para poder subsistir.
Tras acabar esta gran experiencia nos aventuramos en la selva haciendo una primera parada para comer al lado de una cascada. Comimos un arroz con verduras muy bueno y después nos dimos un chapuzón en la cascada. La excursión empezaba con buen pie: buena comida, una bonita cascada donde bañarse, buena compañía y rodeados de naturaleza. No se podía pedir nada más.
Al finalizar el baño andamos durante 3 horas a través de la selva hasta llegar al poblado donde íbamos a pasar la noche. La última hora se hizo algo dura y teníamos ganas de llegar para poder cenar y descansar. Por el camino el guía nos iba enseñando plantas locales y sus usos, curiosidades como las mimosas que reaccionan al tacto cerrándose o resina de árbol que era altamente inflamable (la utilizaban como pólvora en el pasado). A mitad de camino empezó una lluvia torrencial que nos dejó empapados. Por suerte aún llevábamos el bañador y un calzado adecuado para la lluvia por lo que pudimos disfrutar de la lluvia mientras íbamos caminando. A medida que avanzábamos nos quedábamos maravillados con el paisaje y la suerte que teníamos de poder ver todo aquello, una experiencia increíble. Grandes árboles, vegetación exótica, campos de arroz, diversos animales como orugas o arañas…
Cuando llegamos al poblado nos quedamos impresionados con las vistas que había y la paz y tranquilidad que se respiraba en él. Es otra forma de vivir y pensar que prácticamente no ha cambiado en cientos de años. Aquel día aprendimos a cocinar un plato típico que nuestro estómago agradeció muchísimo: sopa de pollo y patatas al curry acompañado con arroz. Un plato delicioso y muy fácil de hacer que por supuesto repetiremos al llegar a casa.
Al finalizar la cena nos dirigimos a una cabaña vecina para ver a los niños y niñas locales cantar canciones típicas tailandesas, al acabar se hacía una donación para ayudar a la escuela del poblado. Cuando finalizaron fue el turno de los turistas cantar y nosotros junto a unos vascos cantamos y bailamos la macarena ya que no coincidíamos en ninguna canción más. Después nos fuimos los dos grupos de las cabañas a una mesa y con una guitarra y un tambor empezamos a cantar canciones que la mayoría sabía como Knocking on heavens door o Wonderwall. Fue un momento muy digno a recordar y como diríamos todos los jóvenes muy chill. Al finalizar nos fuimos a dormir sobre las 22:00.
Al día siguiente nos levantamos sobre las 8:00. Desayunamos tostadas, huevos cocidos, té (o café pero preferimos té), piña y sandía. Todo muy bueno. Al coger algo de fuerzas y caminar sobre hora y media (parece poco pero subiendo y bajando la montaña se hace bastante más pesado) acabamos en una cabaña rodeada de arrozales donde comimos unos  noodles instantáneos muy sabrosos ya que no era el típico Yatekomo sino que estaba condimentado con verduras. Como curiosidad, nuestro guía, a medida que se hacía la comida preparó unos palillos chinos con bambú. Es solo uno de los miles de usos que le dan los tailandeses al bambú. También nos hizo unos vasos con el mismo material que nos llevábamos de recuerdo.
Comimos y caminamos una hora más hasta llegar a la siguiente cabaña. Otra vez empezó a llover pero no tanto como el primer día. Aunque esta lluvia también la disfrutamos. Los más mayores estaban algo resignados por la lluvia pero los hijos del matrimonio francés, el guía (que decía que él no necesitaba nada ya que era waterproof) y nosotros disfrutamos como críos debajo de la lluvia. No siempre se está en medio de la selva bajo la lluvia. Hay que saber aprovechar cualquier oportunidad para convertirlo en algo bueno, ya que como todo depende de cómo se mire.
Al llegar a la siguiente cabaña ya había parado de llover y descansamos mientras la comida la iban preparando. También aprendimos a cocinar este tipo de plato que era una sopa de unas verduras que en España no hay pero que estaban muy buenas, acompañadas de curry verde, calabaza frita y arroz. Otra vez estaba todo buenísimo. No nos esperábamos comer tan bien en la selva, fue un puntazo, además siempre sobró comida por lo que no había problema por ello.
La segunda noche después de cenar jugamos a un par de juegos que el guía nos enseñó, ambos muy divertidos. Si perdías te tenían que pintar la cara con un poco del carbón de la leña. Todo el mundo acabó con la cara negra. Tras acabar nos fuimos a dormir, esta vez algo más pronto, sobre las 21:00, aunque A se quedó más tiempo alrededor de la hoguera con los guías y se ve que cocinaron un poco de cerdo típico de ahí. Me dijo que estaba bueno pero algo duro.
A la mañana siguiente nos levantamos sobre las 8:30 y tomamos el mismo desayuno que el día anterior pero sin fruta. Sobre las 10:00 nos dirigimos a otra cascada que estaba a mitad de camino, sobre una hora andado. También era una cascada muy chula pero nos gustó más la primera. Emprendimos otra vez la marcha y sobre las 12:30 llegamos al final del trecking. Cogimos la misma furgoneta que nos llevó y fuimos a comer a una casa cercana (esta todo pensado ya que esta ruta la suelen hacer prácticamente siempre y hay varios “convenios” con las personas locales para poder vender objetos, como comida, suvenires…). Ahí comimos Pad Thai que son unos fideos tailandeses típicos. Cómo no, estaban muy buenos y nos los comimos con muchas ganas ya que el desayuno no había sido tan fuerte como el del día anterior. Al acabar la comida fuimos a coger la furgoneta y nos dirigimos a la orillo del río para ir hacia abajo con unas barcas típicas hechas de bambú. Bueno, no sé si se es bien bien una barca ya que son 5 palos de bambú atados entre sí. El paseo por el río estuvo muy bien y nos relajó después de tanto trote por la selva, no os engañaremos, estábamos bastante cansados.
Al acabar nos dejaron de vuelta en el hotel sobre las 16:00 y nos pegamos una buena ducha (el río nos había ensuciado más que limpiado). Después fuimos a cenar una pizza, aunque solo me la comí yo ya que mi hermano no tenía mucha hambre. Ahora mismo estamos en el hotel y nos iremos a dormir en breves ya que mañana nos vamos en autobús hacia Laos. Esperemos que todo salga tan bien como hasta ahora. ¡¡Saludos!!

¡Empezamos la aventura!
Lo normal, bañando a un elefante en el río.

Álvaro, el domador de elefantes.

La primera cascada, muy bonita. Más abajo nos podíamos bañar.

Aprendiendo Muay Thai con el loco del guía. Muy simpático.

Estuvimos a punto a de unirnos, pero lo dejamos para otro día.

Uno de los muchos campos de arroz que vimos.

Una planta hidrofóbica.

This is the jungle!!

La primera cabaña donde dormimos.

El desayuno del primer día.

Cocina tradicional.

Haciendo las tostadas en la cocina, con bambú cómo no.

El interior de la cabaña.

Así acabamos la segunda noche.

Un poco sucios como podéis ver.

La cabaña del segundo día, más rústica que la del primero.

Aprendiendo a hacer vasos de bambú.

La segunda cascada.
Seguimos el camino…